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La aborrecible hipocresía
La hipocresía no es la madre de todos los vicios, pero si la madrastra de muchos de ellos.  
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Fecha:  11-09-2015
Por:  Oscar Romo
 
 

  
 
La aborrecible hipocresía 10.0 1 votos Por: Oscar Romo Salazar 19 de Octubre de 2011 (La hipocresía no es la madre de todos los vicios, pero si la madrastra de muchos de ellos) Por definición, hipocresía es el vicio que consiste en simular o pretender una virtud, cualidad o sentimiento del que se carece. La hipocresía es sinónimo de falsedad. Por ejemplo el empresario rico que va a la iglesia a darse golpes de pecho y simular una gran piedad, cuando en su negocio es un explotador abusivo e inhumano con sus trabajadores. También puede servir de ejemplo el servidor público que ante la sociedad finge probidad y decencia, cuando en el ejercicio de sus funciones es un indecente inmoral y corrupto. Ejemplos de comportamientos hipócritas los encontramos a pasto, por doquier, y nadie, o muy contados son los que escapan a la quema, y tanto hombres como mujeres, sucumben bajo la tabla rasa. De hecho, la sociedad misma se ha convertido en la madre de todos los hipócritas, y no sabría decir si la sociedad es hipócrita porque quienes la integramos somos hipócritas, o viceversa. De nuevo el caso del huevo o la gallina. El caso es que la hipocresía ha pasado a ser parte de nosotros y en ese sentido, el que más o el que menos, todos cojeamos del mismo pie. Así, entre el bosque de hipócritas no se nota tanto, aunque desde luego eso no cambia las cosas… ¿o sí? Pues bien, aceptando que el vicio nos es común, a últimas fechas estamos presenciando un insólito rebrote de hipocresía en todos los confines de nuestro país, y para el caso también en otros países que no hacen malos quesos en lo que respecta a la hipocresía como vicio nacional. El tema viene a cuanto por la escandalera que han armado los comunicadores “cinco estrellas” que moran en el D.F. por las tonterías que Felipe Calderón le dijo “on the record” a un reportero del Times. Específicamente lo referente a que el PRI pactaría con el narco en caso de volver a Los Pinos. Lo anterior no deja de ser una opinión muy personal del Presidente, porque desde luego habrá que decir que no puede aportar ninguna prueba de que su acusación sea válida. Fue, eso sí, un rodillazo a los testículos de un enemigo más odiado por él inclusive que los “Zetas”, el “cártel del Golfo”, los “Matazetas”, la “Mano con Ojos”, la “Familia Michoacana” o la “Federación de Cárteles de Sinaloa”, lo cual ya es mucho decir. Calderón sabía perfectamente bien lo que iba a pasar a raíz de unas declaraciones como esas, y por eso fue y las soltó allá, y no acá. Bueno, no se puede negar que su estrategia tuvo éxito, aunque poco a poco los efectos parecen estarse revirtiendo. Desde luego, el uso del término “pactar” es lo que abrió la puerta al zipizape. “Pactar”, según el diccionario significa convenir o asentar ciertas condiciones para concluir un negocio. Significa contemporizar una autoridad. Un pacto es un trato que se suscribe. Calderón utilizó el término “pactar” en forma perversa y tendenciosa. No para arrojar luz, sino para seguir arrojando lodo sobre un tema que él, con su guerra fallida, convirtió en azote nacional. Él y nadie más que él… y para ello no necesitó pactar con nadie, ni siquiera con su conciencia. ¿Podría Barack Obama, por más perdido que se sienta en sus pretensiones de reelegirse, atreverse decir públicamente que si los republicanos recuperan la presidencia de los EEUU pactarían con Al-Qaeda? Bueno, pues lo que hizo recientemente Calderón equivale más o menos a eso. Y desde hace días en los programas de noticias de radio y televisión nacionales no se habla de otra cosa, y entre rebuznos y perversidades los dueños de la verdad nacional se han estado dando un pantagruélico festín. He ahí la gran hipocresía del momento. Un tipo de hipocresía que nace de una presunción, de una conjetura absolutamente íntima y personal que utiliza el hombre que por circunstancias ostenta una presidencia que a todas luces le ha quedado tremendamente grande. El recurso de descargar las ineptitudes e incapacidades en algún otro se convierte en una vía de escape, hasta eso bastante precaria, porque no aguanta el mínimo escrutinio. No hace muchos años en casi todas las ciudades grandes, medianas, e inclusive pequeñas de nuestro país existían las llamadas “zonas de tolerancia”. La autoridad concentraba en ellas a las “damas de la vida alegre” para que ejercieran libremente el llamado “oficio más viejo del mundo”, o sea el comercio carnal. Eso permitía que la autoridad ejerciera un control más o menos adecuado sobre esos negocios y esas personas. Facilitaba el control sanitario y evitaba que la prostitución de esparciera por todas partes. Esa “solución” funcionó durante muchos, muchos años, y aquí en Hermosillo fue hasta el período de Héctor Guillermo “Temo” Balderrama (1985-1988) que se tomó la determinación de desaparecer la zona, a la que también algunos le llamaban, quién sabe por qué, “el barrio de las flores”. Hubo aplausos para el Temo y en general fue una medida bien vista, lo cual no significa que no haya habido en la trastienda una buena dosis de hipocresía social. Sin embargo el efecto fue terrible: El vicio se ‘desencapsuló’ en forma incontrolable, y en menos que canta un gallo ya había invadido toda la ciudad. Proliferaron por doquier las casas de cita, los salones de masajes, las agencias de modelaje, y finalmente los terribles “hoteles de paso”… la prostitución de ambos sexos cundió y se salió totalmente de control. Nadie calificó jamás aquel viejo control de la autoridad como un “pacto” con el vicio. Bien entendido era un instrumento de control que generaba efectos benéficos, pero que obligaba a una cierta convivencia con el delito y el vicio. Y funcionó, y funcionó bien hasta que terminó. En mi opinión al desaparecer el control que existía en las zonas de tolerancia, y esparcirse la prostitución por todos lados, es cuando arranca también el consumo de las drogas, al menos en esta ciudad. Lenta, inevitable e inexorablemente, el ambiente social en Hermosillo empezó a cambiar, para peor. Una cosa es establecer un pacto, y otra muy diferente establecer un mecanismo que permita mantener bajo control razonable los vicios que forman parte de la naturaleza humana. ¡Ah, pero la hipocresía social no puede permitir que se manejen conceptos como estos! Lo mismo el alcoholismo -cuyos efectos está probado que son infinitamente peores que los de la drogadicción- que el tabaquismo, la prostitución y los juegos de azar, el consumo de droga es universal y viene acompañando al género humano desde tiempos remotos. En estas condiciones ¿qué hacer? Se ha demostrado en los hechos que las guerras que se han entablado contra los vicios en todas partes de planeta han sido un rotundo fracaso, lo cual no significa otra cosa que es imposible tratar de cambiar la naturaleza humana. Y me voy a tirar a matar diciendo que la corrupción también forma parte de esa naturaleza. En estas condiciones el dilema es ¿Erradicar o controlar? Lea usted La Sagrada Biblia y verá como la corrupción, el consumo de drogas, el alcoholismo, la prostitución y el juego están ahí, hablándonos de que el hombre siempre ha sido lo que es, y que de una u otra manera encontrará la forma de satisfacer sus inclinaciones, pactos o no pactos. Dejémonos de hipocresías, si de veras deseamos encontrar soluciones a nuestros problemas más graves. En vez de perder el tiempo discutiendo sobre si conviene o no legalizar el uso de las drogas, discutamos el por qué, y sobre todo el cómo, de qué manera. Tal vez en el análisis de los mecanismos de regulación, que hasta el momento no forman parte del debate, encontremos el motivo para decir “sí” o “no”. Y tal vez entonces empecemos a caminar por los caminos del raciocinio y el sentido común, y no por los de los apasionamientos viscerales.
 
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